
Mani y Natha Singh eran dos tibetanos capaces de descubrir la altura del lugar donde se encontrasen, según el tiempo que tardaba en hervir el agua; se orientaban por las estrellas, alimentándose de lo que recolectaban en aquella austera naturaleza y medían la distancia que recorrían cada día contando sus pasos con las cuentas de los rosarios budistas. Fueron la punta de lanza de un grupo de diligentes cartógrafos quienes, disfrazados de peregrinos, escondían sus anotaciones en el interminable rollo de mantras que guardan los molinillos de oración. Con tan escaso equipaje, sus datos fueron transcendentales en las primeras cartografías de muchas regiones de la cordillera, como las de Kalian Singh, Ata Muhammad, Hari Ram y, por fin, la del Everest. Gracias a sus impagables esfuerzos se descubrió, por ejemplo, que el Tsangpo y el Brahmaputra eran el mismo río y no dos cauces diferentes, como se pensaba hasta entonces.
Merino, Alfredo. Cincuenta años de escaladas, misterios y tragedias. Everest.





